domingo, 17 de julio de 2011

Día 5 – Julio 02

Sábado. Despertamos temprano, a las 5:40 y fuimos a desayunar al Ranch otra vez, en esta ocasión pedí pan francés con tocino y no me cayó muy bien, tuve nauseas desde que terminé. Estoy algo aburrido y ya quiero empezar a trabajar. Supongo que será un fin de semana largo porque empezaré hasta el miércoles. Llegamos a la deshidratadora temprano y hablé con Jorge, sí se haría. Haría lo posible para que empiece el martes, él me dice que lo mejor es que me quede con Daniel y Valente, porque “el Chuy es gay y luego ellos se juntan entre muchos a hacer cochinadas”. Más tarde un gordito al que le dicen Eddie o Erick me dijo que le hiciera caso al jefe porque igual y me daba más horas. Ya llevaba todo para quedarme pero dijo Uvilialdo que me dejaría al final del día. Seguimos buscando pasa y haciendo pendientes, a las 11:30 volvimos a la deshidratadora y ahí me dejaron. Me mandaron a esperar bajo unos árboles frente a las casitas. 10 horas ahí sentado pero parecieron 10, me asomé a los departamentos y están abandonados, de ninguna manera valdría la pena pagar 250 dólares por ellos. Además, qué haría en todo el tiempo libre, se trabajan 8 horas y suponiendo que duerma otras 8, me quedan 8 de sobra.
Los hornos de la deshidratadora
Al fin dieron las 2:30 y fui por mi maleta y me fui con Valente y Daniel. Nos subimos a una guayín que se está desbaratando y nos fuimos. Mientras íbamos a unos 150 km/h Valente cerraba los ojos y sacudía la cabeza, luego se disculpó porque cada quien tiene sus propios vicios. Pidió que subiéramos las ventanas y sacó una pipa de vidrio en la que fumaba algo chamuscado que olía parecido al plástico quemado. No aguanté mucho y abrí mi ventana. Poco después Daniel sacó una manguera con una conexión de metal en la punta y comenzó a fumar mariguana, se la pasaba a Valente quien cerraba los ojos mientras fumaba y el carro zigzagueaba.
Después de unos 20 minutos llegamos a un ranchito con una casa al frente y un huerto atrás. Más atrás había un par tres trailers, dos uno al lado del otro y uno más solo pero anexado a una choza. Conocí a la rentera, Isabel, una señora de unos 50 años, malencarada, con cuerpo de gallina y patas chuecas. Me pidió que me asomara a la trailita para ver qué me parecía. Me asomé rápido y estaba inmunda, llena de ropa sucia y olía muy mal. No tuve opción más que decir que aceptaba. Pedía 150 dólares, le dije que no tenía dinero y que era estudiante, que estaba muy sencilla; ofrecí 100 y pagárselos al final de la quincena, se negó pero quedamos en 130, “me gusta ayudarles, pero también necesito sacarle”, dijo.
La de la izquierda es la trailita
Para cuando regresé Daniel estaba limpiando el lugar, recogió la ropa sucia que estaba sobre la que sería mi cama y pasó una aspiradora por la alfombra. Desocupó un par de gavetas para que pusiera mis cosas, metí mi maleta entera en la más grande. El lugar era un agujero, olía muy mal, tenía la cocina más sucia del mundo y un baño que parecía el de trainspotting. Para ahorrarme las descripciones incluiré fotografías.

Mi cama, a la derecha (la foto no le hace justicia)
Cocina (la foto no le hace justicia)
La regadera
El baño
En algún momento Valente me gritó que saliera, me asomé y estaba totalmente perdido. Sin camisa y como si se hubiera revolcado en la tierra. Me metió a la choza y vi que tenía mucha comida almacenada, me quitaba que agarrara latas y yo tomé unas 5, de elotes y pasta de tomate (en realidad no había mucho), me gritaba que agarrara más, tomé una bolsa de espagueti y gritando se fue y volvió con una canasta de metal. Me ordenó que la llenara. Puse dos botes de crema de cacahuate y unas galletas. Cuando ya me iba echó a la canasta unos 7 duraznos. Regresé al tráiler y Daniel me dijo que ya me había surtido, estaba serio. En realidad cuando acomodé todo se seguía viendo igual, Daniel también tenía muchas latas de cosas que no se pueden comer solas.
La comida almacenada de Valente
Como a las 8 llegó Daniel con un plato de algo preparado en salsa roja, me dijo que era carne. Estoy convencido de que no lo era, tampoco era soya o huevo, no pude descifrar el misterio. Tampoco me lo pude comer, tomé dos cucharadas y se me devolvía, las nauseas que empezaron en la mañana eran cada vez más fuertes. Le di el plato a un perrito que anda por ahí.
No me sentía bien por estar ahí, no había señal de celular, no había tienda, ni siquiera pasaban carros por la calle. Me dormí temprano.

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